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Creer o no creer en Dios ¿da lo mismo?


Conforme avanzan la ciencia y la tecnología aumenta también en el hombre el deseo de una superación constante; sin embargo, muchos sólo consideran el ámbito de lo que puede aportar algo tangible. Y se conforman así con "asegurarse" un futuro y poniendo todo su afán en aquello que parece ser bueno sólo en ese momento. Por este y otros motivos, cada vez son más los que abandonan toda práctica religiosa: les parece cosa muy abstracta, sin sentido. Se va perdiendo el gusto por realizar aquellas cosas que inspira la fe en Dios a beneficio de otros, ya que esto "no deja beneficio alguno".


Hace falta que nos demos cuenta de todo lo que provoca la fe en el corazón humano para asumirla con todas sus exigencias. En una sociedad tan secularizada, es normal preguntarse de qué sirve la fe en Dios, qué se gana con tenerla, qué puede aportar para el crecimiento personal o el desarrollo de la sociedad en su conjunto. Lo cierto es que, en medio de toda esta confusión, Dios sigue siendo una sorpresa para el hombre de hoy.

El hombre de fe y el no creyente tienen, ambos, problemas y sufrimientos, es verdad. La fe no dispensa a nadie de las contrariedades y preocupaciones de la vida. Pero el creyente cuida celosamente la confianza en Dios y no desespera; siempre encuentra la luz que le permite continuar. La fe le permite ver más allá del horizonte, ver detrás de los problemas, una vida que es mucho más que sólo el dolor y el sufrimiento. El hombre de fe se da la oportunidad de descubrir la vida como cosa siempre nueva.
Quien tiene fe entiende que no es huérfano, que no lucha sólo. Concibe la vida como un don de Dios y no como una casualidad; sabe que Alguien ha pensado en él desde la eternidad. Por ello, aun cuando parece que todos lo han abandonado, se siente apreciado y acogido por un Dios que le permite vivir, pese a todo, con la dignidad de ser su hijo (cf. Job 1, 21).
El hombre sin fe se desespera cuando se mira a sí mismo y se descubre pecador, frágil, miserable, mediocre. El creyente, en cambio, conoce la alegría de saberse perdonado y puede experimentar no sólo la comprensión, sino la ayuda de un Dios Misericordioso que, además, es su Padre, que lo ama y lo llama a renovarse a cada instantem dándole la oportunidad de ser mejor cada día (cf. Jn 3, 36).
La fe en Dios no nos permite ser fatalistas. Nos queda bien claro que el mal y las injusticias, la violencia, la delicuencia o la guerra no tienen la última palabra; que un día no muy lejano se verán colmados nuestros más sublimes deseos, cuando en Dios sea realidad lo que aquí no ha podido ser en plenitud (cf. Heb 11, 1).

¿Será acaso posible vivir sin buscar la verdad última de las cosas?, ¿Será posible creer que se puede vivir sin fe, sin haberse dado siquiera la oportunidad de experimentarla?¿Será ésta, acaso, la postura más auténtica de una persona? ¡No! ¡No da lo mismo creer en Dios y no creer!.

Hermano Juan Diego Cutz, msp.
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