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La ira, si se enojan, no pequen...



Me encontraba en el aeropuerto de la ciudad de los Ángeles, California, listo para emprender mi viaje de regreso a México. Muchos viajeros hablaban mientras esperaban su vuelo, y sus voces se mezclaban formando un gran bullicio en aquel lugar. Suspiré y, metiendo mi mano en el bolsillo de la chamarra, saqué mi boleto de avió que requiere la aerolínea. Pronto supe el motivo de aquel barullo: ¡El vuelo se retrasó y saldría hasta las 8:30 a.m.!

Mientras decidía qué hacer, escuché un grito furibundo: -"Maldita sea! Ustedes no saben quién soy yo. Pero esto les va a costar caro y se van acordar de mí". Quise descubrir quién era el hombre que escupía tanto fuego por la boca y con disimulo volteé. Su manera de hablar dejaba de manifiesto su precaria educación. Lo único que le hacía notar de entre los demás eran las numerosas cadenas de oro que le colgaban del cuello y su aspecto altanero con pecho al descubierto. El individuo tomó los papeles que  estaban en el mostrador y los lanzó por los aires. Alguien trató de detenerlo y con más fuerza gritó:-"¡Estúpidos!"-. Todos los demás se veían consternados por la escena.

Pasados algunos minutos llegaron los elementos de seguridad del aeropuerto, e iniciaron un interrogatorio. -"¡Qué es lo que dicen? No entiendo"-, gritó el hombre. No sabía hablar ni una palabra en inglés. Una de las personas que se encontraban por ahí se ofreció a ser su intérprete y al tipo no le quedó otro remedio que aceptar. El representante de la aerolínea le explicaba a la persona enojada que una tempestad les obligaba a suspender el vuelo, pero que la empresa estaba dispuesta a pagar los gastos del hotel que lo hospedaría por aquella noche. -"Más les vale"-, gruñó  el individuo, ya más tranquilo.
De pronto, llamó mi atención un hombre de avanzada edad que transmitía una gran tranquilidad. Me sonrío con franqueza y yo le devolví la sonrisa. -"Se estropearon los planes verdad?"-, me dijo. -"Así es, señor"-, le cotesté, no cabe duda, nuestra sociedad atraviesa momentos difíciles. ¿Pórque lo dice, señor?. Por el incidente que acaba de suceder hace unos momentos. Es increíble cómo el hombre se deja llevar por sus instintos y sin control se vuelve un "salvaje" al no saberse contener. La ira nos hace inconscientes y, sin freno, somos peligrosos. Platicamos durante un rato hasta que llegaron mis familiares. Esa noche, en el mismo momento contemplé a dos personas pasando por las mismas circunstancias pero con comportamientos totalmente diferentes.

En la actualidad caemos constantemente en el pecado de la ira, nos enojamos y nos hacemos violentos hasta destruir o humillar al otro. Es inevitable enojarse, pero lo peor es pecar a causa del enojo. Los gritos, las humillaciones, la soberbia y el orgullo son los ingredientes de la ira que hacen irracional al hombre. 
Todo esto por el poco tiempo que le dedicamos a cultivar la paciencia y la reflexión. Vivimos en tiempos tan acelerados que olvidamos cultivar las virtudes que nos ayudan a ser mejores seres humanos.
San Pablo dice: -"Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo" (Ef. 4, 26-27). La paciencia modera la tristeza y la mansedumbre modera la ira. Por eso, cuando la paz está bien asentada en el corazón, no le cuesta a la masedumbre reprimir los movimientos del enojo. Estoy convencido de que nos hacen falta muchos ejercicios de paciencia para crecer en esta virtud. Pidamos al Espíritu Santo los dones de paciencia, comprensión y sabiduría para crecer cada día en santidad y así eliminar paulatinamente el pecado de la ira.

P. Modesto Lule msp
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