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El trabajo bien hecho nos ennoblece



Boris Pasternak escribió: "El trabajo ayuda siempre, puesto que trabajar no es realizar lo que uno imaginaba, sino descubrir lo que uno tiene dentro". Jesús pasó la mayor parte de su vida terrena en la oscuridad de un pueblo, Nazaret, apenas conocido dentro de su misma patria. Esos años están llenos de luz y de lecciones para nosotros; el valor de sus obras fue siempre infinito, y llevaba a cabo la redención así cuando pulía la madera, como cuando ayudaba a su madre en casa, o cuando en su vida pública le seguían las multitudes. Dice el evangelio que "todo lo hizo bien".Además, en su predicación se nota que conoce bien el mundo del trabajo: habla de pastores y pescadores, de sembradores, panaderas y artesanos, de constructores y viñadores.

Consecuentemente, hay que tener una buena preparación profesional para hacer bien el
     trabajo y ofrecerlo a Dios. Joan Maragall dice: "Esfuérzate en tu quehacer como si de cada
   detalle que pienses, de cada palabra que dices, de cada golpe de martillo que des...
   dependiera la salvación de la humanidad, porque depende. Créetelo".

Hay personas que se aburren porque encuentran monótono su trabajo, ni siquiera saben porqué trabajan; quizás su único fin sea la obtención de medios económicos. En otras ocasiones, algunos se entregan al trabajo como una droga, y descuidan sus obligaciones familiares u otros compromisos. Acaban convirtiendo en fin lo que era un medio. Escribe san Josemaría: " El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y transitorio (...). Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas". El móvil del trabajo ha de ser la gloria de Dios.

Como expresión de la realidad de nuestro amor, se debe procurar empapar el trabajo con una conversación ininterrumpida con Dios: jaculatorias o palabras llenas de afecto, peticiones, actos de desagravio o acciones de gracias. Trabajar por amor es, en sí mismo, apostolado, y no sólo ocasión de apostolado; la dedicación, la oración y la mortificación llegan a multitud de almas, y penetran más profundamente de lo que se puede imaginar.

La santificación requiere una premisa: no se puede santificar lo que no se ama, lo que no se acepta, lo que se rechaza quejumbrosamente. Un criterio inefable para discernir cuanto se ama o no la realidad que nos rodea, nos lo proporciona la alegría. La alegría - dice un profesor chileno, Jorge Peña-, entraña una afirmación de lo creado, es consecuencia del amor y fruto de las virtudes.




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